miércoles, 10 de junio de 2009

Trabajo infantil y permisividad social (miscelánea)



Hace varios años, alguien me pidió que imaginara cuántas veces al día escuchaba la palabra 'no' un niño que vende caramelos. Recorre las calles, sube a los micros, ofrece su producto, anda entre la gente en silencio, vende seis unidades; baja del vehículo una, dos, decenas de veces. La cifra de negativas puede llegar a 500.

Entonces, me plantearon un dilema más: “¿Tú crees que se puede mantener la autoestima escuchando 12 000 'no' en un mes?”. Aterrizado en lo potencial, la situación se me hizo escabrosa. Un niño comerciante o contador de chistes se enfrenta a la vida como si esta lo desaprobara a su corta edad. Ante todo, su existencia se modela dentro de las fronteras de lo prohibido.

Con el correr del tiempo, caí en la cuenta de que esa reflexión eran tan tendenciosa como insuficiente, no solo porque su afán por la estadística convierte en número una experiencia vital, sino porque elude el tema de fondo: el niño que trabaja. Con tan poco, solo nos parapetamos en una de tantas consecuencias.

Según la ONU, el trabajo infantil implica cualquier labor que “es física, mental, social o moralmente perjudicial” para el niño e “interfiere en su escolarización”. Por ende, lo daña y, asimismo, puede truncar su futuro luego de adulterar su presente. Y es que, “tres de cada cuatro niños trabajadores abandonan los estudios” (www.onu.org.pe). Los pequeños que trabajan lo hacen, en su gran mayoría, para el mercado informal, recibiendo salarios que incluso están por debajo del sueldo mínimo legal y bajo condiciones de precariedad y explotación que no contemplan ni un solo derecho laboral.

Como indica Manuel García-Solaz, coordinador IPEC Sudamérica, la eliminación de las peores formas de trabajo infantil tiene que ser “un deber político y un imperativo moral” (http://white.oit.org.pe/ipec/). Asumo que esto conlleva tomar acciones frente a las causas para modificar el actual panorama mundial: 218 millones de niños en edad escolar, trabajan.

La ONU recalca que el trabajo infantil tiene su origen, entre múltiples posibilidades, en la pobreza, la violencia interfamiliar y la permisividad social. Si bien las tres causas parecen obvias, la última se define por la silenciosa complicidad de la sociedad.

Se dice muy habitualmente que el trabajo infantil se inicia a más temprana edad en el campo que en la ciudad. También, que sus implicancias son de mayor hondura, dado que el problema se alinea con la ignorancia y el machismo: en muchas familias, basta con que el niño sepa leer y escribir; en torno a la niña, no hace falta que sea alfabetizada, al fin y al cabo es mujer. Esta realidad conjetural tiene su correlato en las ciudades, donde miles de miles de pequeños recorren las calles en horario escolar sin generar el escándalo en nadie.

Una semana atrás, el sábado al mediodía, un niño de seis o siete años cantaba y bailaba en una unidad vehicular en la ruta de Evitamiento. Un adulto al fondo, su padre quizá, tocaba la guitarra. El pequeño no mostraba una voz melodiosa ni bailaba con armonía; sin embargo, era simpático y muy gracioso. El pequeño, a pesar del buen ánimo, parecía cansado. Me pregunté dónde quedaba el Principio 7 de la Declaración de los Derechos del Niño: “…debe disfrutar plenamente de juegos y recreaciones…”. Con mis padres, los fines de semana conocí zoológicos, parques y playas, visité parientes y perdí el tiempo al lado de mis primos. Mi aporte a la economía del hogar estuvo en ayudar con la limpieza de las habitaciones, regar el jardín, supervisar el trabajo de un técnico en la casa… Aquello que algunos llaman “trabajo formativo”; pues una cosa es colaborar con la familia y otra, muy diferente, cumplir una faena. ¿Mis padres se equivocaron conmigo o son los del pequeño quienes están en un error?

Hay datos extraoficiales que proyectan la cifra de “dos millones y medio de menores de edad” (Radio Programas del Perú, 13 de abril de 2009) trabajando en el Perú. Y todos ellos, con la permisividad de cada uno de nosotros. Todavía creo, con testaruda nostalgia, que mis padres hicieron bien al brindarme un ambiente de entretenimiento como complemento al estudio dedicado y al afecto de la caricia y el abrazo. Quisiera brindarles lo mismo a mis hijos cuando llegue el momento de hacerlo.

El documental peruano La espalda del mundo dedica un capítulo al trabajo infantil, develando el peligro con el que malviven muchos pequeños que pican piedras doce horas al día en Lima. La muestra fotográfica Perú: historias de trabajo infantil, puesta en marcha por Global Humanitaria (www.globalhumanitaria.org) y con imágenes de Juan Díaz, denuncia mediante 37 rectángulos de colores la insalubridad de los vertederos de la capital, donde los niños clasifican la basura; el riesgo permanente de ganarse el pan haciendo ladrillos en Puno; pescando en el Lago Titicaca o habitando entre muertos al transportar agua en un cementerio en Arequipa.

Ejemplos como el filme o la exposición, hay muchos. La pregunta es ¿cuándo da el ejemplo usted? ¿Cuándo lo doy yo?

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